viernes, 3 de junio de 2011
Amantes locos
Vómitos sin sentido en la carretera; las drogas, el sexo, el alcohol y el dinero pierden el sentido que antes tenían, y sueñas con tu cuerpo y el suyo sepultados entre hormigón. Ser esos amantes locos, que no le ven sentido a nada, sino a su relación, volar hasta el círculo polar y envejecer, o no hacerlo y morir, pero sea como sea, que todo sea uno al lado del otro. Amor, esa es la palabra con la que sueñas, esas cuatro letras que juntas han permanecido siglos, significando tanto para tanta gente.
"Gato"
Una frágil e inocente idea me hizo buscar en los recuerdos una imagen de un triste gato... espera ¿o era un perro?, no, era un gato con complejo de perro.
Rechoncho y con poco equilibrio, se frustraba cuando el pelaje de la tripa rosaba el suelo por el que caminaba con muy poco cuidado; de la banda de los mininos era el que menos afilados tenía los dientes y el que más larga tenía la cola, con la que sacudia su alma emborronada.
Dos veces al año, el gato corría hacia la autopista junto a los demás, y se quedaba mirando a los coches, sabiendo que muy pronto todos deberían cruzarla para llegar al lago, tenían que hacerlo o morir. Justo al lado de los gatos, estaban los desafiantes y rudos perros, que cruzaban la pista a su antojo, uno de ellos se le acerco al gato y con intensiones desconocidas, se le quedo mirando, callado arrimo su hocico hasta la oreja de nuestro rechoncho amigo, recitandole un frío y corto verso. -¡Guau!. Eso fue lo que le dijo, "¡Qué palabra tan especial!" maulló el gato en sus adentros. Tan especial fue eso para el bigotudo ser, que quieto se quedó observando al perro ir y venir durante meses, feliz de tenerle ahí, de poder observarle...
El día de la partida gatuna llegó, el adormilado, ahora flaco y enfermo gato, solo tenía fuerzas para estirar una de sus pequeñas patitas y decirle adiós a la manada a la que perteneció un día, les observó cruzar la pista y cerró los ojos, para dormir un rato. Unos ladridos le despertarón, los ladridos de un perro con correa, que era feliz, el perro que corría cerca del gato lo piso sin querer, pero sin decir ni guau, siguió corriendo.
Y ahí se quedó el moribundo gato, al lado de la meta que podría a ver alcanzado incluso con sus miles defectos.
El gato que se enamoró del perro más perro de todos.
Rechoncho y con poco equilibrio, se frustraba cuando el pelaje de la tripa rosaba el suelo por el que caminaba con muy poco cuidado; de la banda de los mininos era el que menos afilados tenía los dientes y el que más larga tenía la cola, con la que sacudia su alma emborronada.
Dos veces al año, el gato corría hacia la autopista junto a los demás, y se quedaba mirando a los coches, sabiendo que muy pronto todos deberían cruzarla para llegar al lago, tenían que hacerlo o morir. Justo al lado de los gatos, estaban los desafiantes y rudos perros, que cruzaban la pista a su antojo, uno de ellos se le acerco al gato y con intensiones desconocidas, se le quedo mirando, callado arrimo su hocico hasta la oreja de nuestro rechoncho amigo, recitandole un frío y corto verso. -¡Guau!. Eso fue lo que le dijo, "¡Qué palabra tan especial!" maulló el gato en sus adentros. Tan especial fue eso para el bigotudo ser, que quieto se quedó observando al perro ir y venir durante meses, feliz de tenerle ahí, de poder observarle...
El día de la partida gatuna llegó, el adormilado, ahora flaco y enfermo gato, solo tenía fuerzas para estirar una de sus pequeñas patitas y decirle adiós a la manada a la que perteneció un día, les observó cruzar la pista y cerró los ojos, para dormir un rato. Unos ladridos le despertarón, los ladridos de un perro con correa, que era feliz, el perro que corría cerca del gato lo piso sin querer, pero sin decir ni guau, siguió corriendo.
Y ahí se quedó el moribundo gato, al lado de la meta que podría a ver alcanzado incluso con sus miles defectos.
El gato que se enamoró del perro más perro de todos.
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