El silencio me abrazaba fuertemente, y yo, solo y en aquel recóndito mar era feliz, pero desperté.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Silencio II
Cerré y abrí los ojos, y en un momento, la oscuridad se transformó en luz, mucha luz, demasiada, adapté mis ojos a ella lo más rápido que pude, para mi sorpresa, me encontraba tumbado en un suelo de madera, que se movía, y encima de mí un gran cielo azul abría las puertas al infinito, el sol brillaba con todo su esplendor, pero no hacía demasiado calor, yo, semidesnudo, puse las plantas de los pies sobre el suelo y me levanté, en ese momento una brisa gélida roso la piel de todo mi cuerpo, haciéndome tiritar, en ese instante di un paso y mi pié izquierdo toco algo terciopelado, una manta de color rosa, me agaché y la recogí del suelo para ponerla alrededor de mi cuerpo, haciéndome sentir bien. Me empecé a centrar en todo lo que me rodeaba, todo era silencioso, no se oía nada, ni me respiración, ni mis pasos, nada, fui a hablar pero algo me lo impidió y no me sentí mal, simplemente lo entendí todo, él había vuelto, se había dado cuenta de que después de mi primer rechazo, después de que lo desterrara lejos de mí, mi vida había ido empeorando poco a poco, quise darle la bienvenida, pero a él no le gustaban las palabras, ni los sonidos, así que solo esbocé una sonrisa, y caminé, ahora ya sabía dónde estaba, en un lugar que no había visto jamás, en un barco en medio del océano, un océano cristalino, completamente liso, y cómo no, completamente silencioso, suspiré sin algún sonido, y me senté a mirar el paisaje, empecé a notar que él me tocaba, con unos inquietantes brazos, que ya conocía bien yo, le aferré una mano, y todo desapareció, lo malo, lo bueno, todo, simplemente quedo calma, una muda y cómoda calma. Él cada vez me abrazaba más, y yo solo quería hacerle saber que le agradecía que después de tanto tiempo quisiera volver donde yo estaba, para salvarme del ruido, del dolor, del movimiento. Así que únicamente lo pensé, estaba seguro de que lo escucharía. "Gracias silencio".
El silencio me abrazaba fuertemente, y yo, solo y en aquel recóndito mar era feliz, pero desperté.
El silencio me abrazaba fuertemente, y yo, solo y en aquel recóndito mar era feliz, pero desperté.
Lluvia, pasos, sonrisas.
Se podía pensar que el día de hoy iba a ser un día triste y frío, y la verdad que en cierta parte lo era, salí de la seguridad confortable de mi casa para arrastrar mis pies entre la lluvia, pasos rápidos e impacientes avanzaron entre la niebla, para aproximarme ante mi compañera de caminos, una amiga capaz de comprender lo que se siente al vagabundear, al haberse perdido. Su semblante serio cambió de color al verme, al igual que el mío al verla, un largo y prospero abrazo nos dimos inmersos en la lluvia, nuestros pies mantuvieron contacto, avisándose entre sí de que había un largo camino que recorrer en ese día lluvioso. Las horas pasaron como quien se come una caja de galletas de su marca favorita, fueron fugaces, húmedas, frías, oscuras, pero no nos importó, nuestros pies se movían por todos lados, y nuestros rostros alumbraban nuestro camino, resplandecientes por la felicidad, de vez en cuando hablando de remotos y melancólicos temas, historias de nuestras vidas, acabadas, no terminadas, la melancolía conseguía hacer salir una lagrimilla y caer, pero rápidamente nos las limpiábamos mutuamente y nos hacíamos reír de cualquier manera.
El día llegaba a su fin, la luz del sol desapareció completamente y la lluvia continuaba cayendo, fue entonces cuando más que nunca sentí el apoyo de mi compañera, a lo lejos de nosotros se veía caminar un contorno oscuro que yo sabía reconocer a dos kilómetros de distancia, mi corazón desorbitado iba a conseguir derrumbarme, pero cuando estuve a punto de caer ella me sostuvo, ambos nos abrazamos, de una manera violenta y cariñosa, queríamos aplacar todo el dolor en nuestras vidas, aplastándolo entre los dos, haciéndolo desaparecer, y por un rato lo conseguimos. Mientras estamos juntos, no existe otro sonido que el de nuestras palabras, risas, bufidos, que el de nuestros pasos acelerados sobre el asfalto. Cuando el trayecto finalizó, nuestros pies se dijeron adiós, despreocupadamente, ya que sabían que dentro de no mucho tiempo… volverían a verse.
El día llegaba a su fin, la luz del sol desapareció completamente y la lluvia continuaba cayendo, fue entonces cuando más que nunca sentí el apoyo de mi compañera, a lo lejos de nosotros se veía caminar un contorno oscuro que yo sabía reconocer a dos kilómetros de distancia, mi corazón desorbitado iba a conseguir derrumbarme, pero cuando estuve a punto de caer ella me sostuvo, ambos nos abrazamos, de una manera violenta y cariñosa, queríamos aplacar todo el dolor en nuestras vidas, aplastándolo entre los dos, haciéndolo desaparecer, y por un rato lo conseguimos. Mientras estamos juntos, no existe otro sonido que el de nuestras palabras, risas, bufidos, que el de nuestros pasos acelerados sobre el asfalto. Cuando el trayecto finalizó, nuestros pies se dijeron adiós, despreocupadamente, ya que sabían que dentro de no mucho tiempo… volverían a verse.
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