Hundías tus uñas en el resquebrajado parquet, era esa impotencia la que te derribaba sobre el suelo, y te hacia tiritar, querías correr, tan allá como pudieras y en cambio estabas parada sin hacer nada. Las cadenas te oprimen el cuello, amas la libertad y la ansias, gruñías como un animal salvaje y yo reía, porque sentía exactamente lo mismo, yo soy tú y nuestras emociones son el vinculo inextinguible. Y los recuerdos envolvían mi mente.
-Siéntate en la ventana- me dijiste con una sonrisa que hacía que tus ojos fueran aun más lúcidos, íbamos en el coche a 70 kilómetros por hora, pero era una de nuestras locuras más, que hacían de la vida algo impresionante.
-Lo voy a hacer- dije mientras bajaba la ventanilla.
-Hazlo- me animabas mientras salía y me sentaba en la ventanilla del coche con una mano en el techo y otra avanzando en medio del viento.
-¡¡¡UAU!!!- gritaba mientras las lagrimas acariciaban mi cara impulsadas por la fuerte brisa y tú reías a carcajadas cogiéndome los pies. Estaba volando mientras que en la radio sonaban nuestras canciones. Y tú acelerabas.
No acabará nunca, porque siempre está empezando. La rabia puede teñirlo todo, pero algún día, estaremos fuera de todo esto, relamiendo el limite alargado.
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